Amores vivos, amores muertos

Amores vivos, amores muertos

Amores vivos, amores muertos
Antonio Garrigues Walker
Colección: Poesía
ISBN:978-84-120491-6-9
116 págs. 190 gr. 15 x 23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
C/IVA 14€  /  S/IVA 13,46€

 

 

 

 

Antonio Garrigues Walker tiene 84 años. Es jurista, dramaturgo, dibujante y poeta. Parte de la base de que al igual que existe un deporte profesional y un deporte amateur también existe un arte profesional y un arte amateur. Asegura, además, que no existe un solo ser humano que no tenga alguna capacidad creativa, cualquiera que sea su calidad y que ejercer esa capacidad equilibra y da armonía a la personalidad y enriquece la existencia. Afirma, por fin, que ha tenido mucha suerte y ventura en la vida, pero añade que su relación con la idea de la muerte se hace cada vez más confortable y más positiva. Descansar en la paz de la no existencia humana debe ser nuestra máxima ambición. Es decir, una visión laica de vivo sin vivir en mí. Pero lo que le quede de vida lo vivirá a fondo y con ganas y seguirá enamorado y enamorando. ¡Faltaría más!

Amores vivos, amores muertos. Siempre he escrito poesía y siempre lo haré. Mi buen padre me dio una herencia, su relación con Lorca, Alberti, Aleixandre, Dámaso Alonso, y Otros tantos genios que en su mayoría habitaron y crearon en la Residencia de Estudiantes, moderados y en alguna forma dirigidos y controlados, Por una persona que fue esencial para toda esa maravillosa generación tan grande o más que la del Siglo de Oro. Esa persona fue Pepín Bello, con el que hace muchas décadas viajé en coche de Madrid a Venecia y me contó a conciencia todo lo bueno y lo menos bueno, incluidas algunas maldades y perversiones, de aquellos genios entre los que destacaba siempre a Lorca. Y eso me hizo Lorquiano para siempre jamás. No sé cómo clasificar o adjetivar mi poesía y no me preocupa mucho el tema. Estoy contento —a veces muy contento— con ella. He escrito como sesenta obras de teatro y no recuerdo ninguna en la que no se incorporara un poema más o menos ad-hoc con la trama en cuestión. Es decir, forma parte de mi vida. Recuerdo incluso mi primer poema que comenzaba así: “Y al amor que de nuevo me trastorne / le pondré una hormiguita del color de tus letras / y una distancia, como se me ha enseñado”. No se me ocurre nada más que decir salvo confesar abiertamente que al presentar este poemario, tengo una intensa sensación de vértigo, de peligro, de inseguridad. Dudo si será un fracaso esplendoroso o un éxito grande, o aún peor, ni una cosa ni otra. Es lo que tiene ser, a mi edad, un primerizo.